Ocurrieron, inexplicables, que ya no era necesario recordar.
Aún así seguía siendo invisible, caminando de una forma eterna y solitaria. Lo que lleva al corazón de un aventurero a frenar por miedo a perder era el peor de los pasos en falso.
Se detuvo en un momento y comenzó a observar. Aquella noche era húmeda y fría, el viento quemaba la piel, podía respirar puro el invierno. Las ramas de los pinos resistentes, nubes pasajeras que se movían ligeras y el vapor de su aliento resaltaban en el azul oscuro del cielo. Hacia atrás sus huellas rompían la escarcha en la tierra y hacia adelante todavía quedaban miles de minutos por fundir en el pasado. En sus ojos, fijos al cielo, hablaba la tristeza de escalofríos perdidos en el tiempo. Un parpadeo calentaba el alma una vez más...
Ahora se encontraba sentado abrazando sus piernas, sin quitar la mirada del cielo; como si aquel firmamento, vago a las manos de los asesinos, pudiera esconder alguna respuesta al dolor que corría en su cuerpo tan vivo como aquella noche de muerte. Dos promesas que dentro poseían muchas más, guardadas en la memoria, ahí justo por caer, cálidas, sobre su mejilla.
Ahora se encontraba sentado abrazando sus piernas, sin quitar la mirada del cielo; como si aquel firmamento, vago a las manos de los asesinos, pudiera esconder alguna respuesta al dolor que corría en su cuerpo tan vivo como aquella noche de muerte. Dos promesas que dentro poseían muchas más, guardadas en la memoria, ahí justo por caer, cálidas, sobre su mejilla.

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